16 de octubre de 2009

Argentina

Argentina, Brasil, Chile y Uruguay comparten, entre otras cosas, fronteras, clima y riquezas del suelo. Algunos de éstos países fueron más agraciados que otros en cuanto a flora, fauna y topografía refiere, pero igualmente podemos decir que los cuatro compartimos un continente con suerte.

Argentina, Brasil, Chile y Uruguay tienen gobiernos democráticos, soberanos y libres.

Argentina, Brasil, Chile y Uruguay tienen fútbol y gente fanática que lo sigue. Equipos importantes y no tanto, jugadores en el exterior y una industria futbolera que mueve millones.

Brasil está a un paso de entrar en el G8 o el grupo de naciones más desarrolladas del planeta. Su economía e industria están fortalecidas, sus recientes descubrimientos de petróleo lo pueden convertir en una potencia petrolera y el presidente Lula, en su segunda presidencia, tiene más del 80% de imagen positiva.

Chile conserva una estabilidad y confianza inversora que hasta Suiza envidiaría. Su presidenta Bachelet mantiene también una imagen positiva altísima entre sus gobernados, levantada heroicamente desde un comienzo con tropezones y algunas manifestaciones de malestar social.

Uruguay acaba de terminar exitosamente con un ambicioso plan de dos años para entregar una laptop a cada chico en edad escolar. Su economía, a pesar de ser pequeña y dependiente, mantiene una estabilidad que permite que empresas y el mundo en general confíen en el país para invertir a largo plazo.

Los tres países repuntan y levantan cabeza en medio de una crisis económica mundial y astutamente miran y focalizan sus proas hacia lugares/nichos estables y con futuro. Sus pueblos descansan confiados en que sus líderes saben lo que están haciendo y que lo demuestran con hechos. Por supuesto que los niveles de pobreza son altos en todos los países de la región y difíciles de combatir, pero dicha pobreza no opaca los éxitos que se obtienen a largo plazo y que son generalizados para todo el país en cuestión. Es una pobreza tranquila, que espera y respeta.
Estos países apuntan a la eliminación de la pobreza no en forma inmediata, sino progresiva e indirectamente a través de la aplicación de políticas económicas y sociales inteligentes, progresistas y prácticas, dejando de lado el populismo y la demagogia electoralista. Respetan y hacen respetar las leyes no a través de la fuerza y la imposición, sino a través del respeto y la humildad.

Mientras tanto, la Argentina está tristemente sumergida en una cuasi-anarquía inconducente, más interesada en invertir millones para ver fútbol gratis por televisión, apurar convenientemente la sanción de leyes poco prioritarias para los problemas que enfrenta hoy la sociedad, la región y el mundo y concentrada en generar rivalidad entre los distintos sectores productivos, sociales y políticos para la obtención de beneficios sectorizados e individuales. La dirigencia política está atomizada en partiditos con posturas ideológicas de dudosa solvencia y estructura, creando así un frente político volátil y advenedizo que se acomoda a los vientos sociales que soplen en el momento y que no hacen más que generar una sensación de país frágil y muy poco confiable.

La población, triste y agudamente dividida en estúpidas luchas internas basadas en rencores, resentimientos, xenofobia y envidia, no tiene modelo en el cuál fijarse, no tiene líder ni política en la cual ampararse y confiar; cada uno cuida su quinta y saca a los tiros a quien ose invadirla o posarse sobre ella. El piqueterismo, el sindicalismo aburguesado, la especulación, el manoseo de las leyes, el patriotismo futbolero y la histeria colectiva parecerían definir hoy a la realidad argentina, donde cada uno de nosotros, por acción o inacción, somos culpables.

Hasta hace unos pocos años, nuestro país era manejado indirectamente por intereses extranjeros y políticas impuestas por organismos financieros internacionales, lo cual sumergió a la Argentina en una profunda crisis económica y social. Ahora, exitosamente “desprendidos” de dicha influencia y virtualmente libres para manejarnos solitos, nos damos cuenta que somos como bebés con navajas, que tampoco podemos manejarnos a nosotros mismos ya que la sociedad entera, políticos y población en general, adolescemos de una profunda inmadurez, llena de histeria, pataleo y lloriqueo que nos vuelve a sumergir en otra crisis, esta vez autóctona y criolla.

Brasil, Chile y Uruguay nos van dejando paulatinamente atrás, impulsados por un real sentimiento patriótico y federal. La Argentina queda relegada y mirada cada vez más con tristeza y hasta asco por la comunidad internacional.

Sola. Avergonzante. Desperdiciada. Pero eso sí, con fútbol gratis en la tele para "lo muchacho".