28 de abril de 2017

Crónica de un accidente



Comencé tratando de salir del shock inicial, preguntando por teléfono en un grito gutural

“…que pasó QUÉ COSA?”.

….sacás el pasaje, te preparás para embarcar y ves impotente como cancelan el vuelo a último momento. Así que te trepás sobre un mar de gente enojada y apelotonada para pedir a llanto vivo que te metieran aunque sea en la bodega del siguiente avión, pero que te dejaran volar YA.
 …te metés finalmente en una “cápsula de aislación” durante las dos eternas horas que tardás en ir de Bariloche a Buenos Aires para finalmente llegar al sanatorio y verla a Ella repleta de caños entrar y salir de su boca, de su cráneo, de los brazos y del cuello. 6 entradas/salidas en total.
 …la ves totalmente inmóvil, desconectada del mundo, rodeada de caras extrañas, largas y sombrías, de desconocidos que de repente te obligan a salir de la habitación y te despegan de ella y uno que obedece casi como una oveja, sin saber exactamente porqué se está tan dócil.

Los ruidos a máquinas dan indicadores sonoros constantemente, se escuchan voces llenas de tecnicismos, partes médicos huecos y devastadores porque no incluyen las palabras “está todo bien y en cualquier momento se despierta y se puede ir con vos a casa”.

Aparecen los miedos…el miedo a las infecciones intrahospitalarias, el miedo al colapso de un órgano que patalee caprichoso porque ya no quiere seguir filtrando y metabolizando sin parar ninguna de las 8 drogas violentas que le están metiendo en la sangre. El miedo a tocarla y accidentalmente desconectarle un cable, una sonda, una vía; el miedo a contagiarle un bicho que escapó al exhaustivo lavado de manos y antebrazos o que sale impune en una tos inesperada.

Ella se volvió frágil como una burbuja. Ella, de un momento al otro, se convirtió en un “signo de pregunta dentro de una caja negra sellada”. Y todo esto porque, sin aviso y sin posibilidad de elegir otro resultado, a la sangre de la arteria basilar se le ocurrió finalmente rasgar a pura presión la fina pared del aneurisma que tan meticulosa y silenciosamente se fue formando con los años y salir de su medio natural a conquistar, cual vikingo enardecido, esas zonas prohibidas que son el espacio subaracnoideo, los ventrículos, el acueducto de Silvio y la superficie de la delicada y vulnerable corteza cerebral. La sangre no tiene nada que hacer ahí, nada, sin embargo ahí estaba, quemando todo con ese oxígeno arterial tan letal y tapando el desague que sólo está diseñado para el límpido líquido cefalorraquídeo, haciendo subir la presión del cráneo hasta la hidrocefalia y comprimiendo el cerebro hacia su destrucción, sin piedad alguna.

Y todo esto fue sólo el día #1.



En los días subsiguientes:
….les puse nombre y todo: los “cuatro jinetes”. La Muerte, el Re-sangrado, la Presión Intracraneal y el Vasoespasmo. Los médicos tenían que combatirlos a ciegas y casi sin herramientas, ya que hasta para los médicos más especializados el cerebro continúa siendo hoy, en su mayoría, un enigma a todo nivel. A partir de la noche del día #1, cada día se volvió una dimensión temporal diferente, donde los días ahora parecían durar unos pocos minutos en vez de 24 horas.

…la rutina diaria y seca de ir y volver del sanatorio caminando por las calles porteñas como un zombie; bañarse, comer algo, no dormir casi nada y volver a sentarse en la bien llamada sale de espera a....esperar. Una rutina de “mantenimiento”, donde uno simplemente transcurre mientras lucha internamente para descartar nefastas e invasoras imágenes mentales de secuelas terroríficas que iban a transformarla a Ella en un estropajo de carne incapaz de comunicarse con el mundo y de llevar una vida llena de belleza y felicidad.

….decidí que había que hacer algo; el “Trabajo Nocturno”: primero que nada había que “precalentar”, lo cual consistía en sobreponerse como sea a las siguientes abrumadoras sensaciones: ansiedad, tristeza, impotencia, desolación, desesperación, bronca, cansancio. Una vez alcanzado algo parecido a un estado “sin ruidos” en la mente, había que visualizar el cuerpo y el cerebro de Ella como si fuera una especie de radiografía: un esquema hueco de su cuerpo donde sólo se apreciara el sistema nervioso central flotando dentro del mismo. Una vez lograda esa imagen mental, ahí comenzaba el arduo trabajo de crear de la nada, darle cuerpo y color, consistencia y energía, a la “Luz Verde”. Hacerla salir de mi cuerpo hacia el de Ella, entrando a través de su mano entrelazada con la mía fuertemente y dirigiéndose al lugar donde radicaba todo el riesgo, todo el problema, todo el caos: su arteria basilar, el cerebelo, el tronco encefálico, el polígono de Willis y el flujo sanguíneo general de todo su cerebro. Crear la imagen mental de una ola verde invadiendo y cubriendo cada zona, metiéndose en cada circunvolución cerebral, limpiando y curando cada neurona agonizante a medida que pasaba y liberando el camino para que ese oxígeno, tan mortal fuera de las arterias y tan benigno dentro de ellas, inundara las neuronas para que pudieran seguir haciendo su trabajo de darle movimiento, autonomía, conciencia y personalidad a Ella. Ver esa luz verde arremolinarse alrededor de su tronco encefálico, principal víctima del maldito e inútil vasoespasmo que le piqueteaba la llegada de ese insumo tan vital de la sangre arterial …curando, sanando, arreglando.

Ese trabajo duraba hasta que me agotaba y caía rendido en el sillón del rincón de la habitación o hasta que una alarma o un enfermero me sacaba intempestivamente del trance. Ahí, fuera del trance, invadía la sensación de que por cada minuto que yo no hacía ese trabajo, una neurona no estaba recibiendo esa caricia verde curativa y por ello me iba a arrepentir después de no haberme puesto nuevamente a trabajar. La culpa!! Volvé, dale, seguí con eso que estabas haciendo, Hernán, dale.

Arreglar, Curar, Sanar. Ese mantra se repetía en mi cabeza y en mis labios mientras el flujo verde de luz curadora ahogaba el cerebro completo en un elixir sagrado y perfecto. Al mismo tiempo, mientras la energía verde curaba y reparaba, había que simultánemente mantener el flujo sanguíneo bombeando sin parar, claro. Había que obligar a ese “circuito de reserva” del polígono de Willis a trabajar a destajo para cubrir el volumen de sangre que el vasoespasmo cortaba desde atrás, bombeando más sangre desde las carótidas y cubriendo así el terreno desolado de la parte occipital. Había que “ver” a las arterias latiendo llenas de sangre salvadora, llegando a cada rincón del cerebro, sin piquetes, sin barreras; la cosa era verlas hincharse y latir, gordas, rechonchas, llenas de ese líquido rojo carmesí llegando a todas partes, manteniendo a Ella viva detrás de ese manto de Nada que era el coma farmacológico. Obligar a la colapsada arteria basilar a dejar pasar más sangre, a aflojar con la contracción, a decirle “flaca, cortala de una vez que el neurocirujano ya cerró el aneurisma y no necesitamos que vos hagas todo este reflejo estúpido”.

Este trabajo de la imaginación había que hacerlo todas las noches, sin tregua, hasta que los cuatro malditos jinetes se fueran desvaneciendo con el correr de los días, hasta ese mítico “día #21” donde la estadística decía que todos los riesgos adoptarían un valor cercano al cero logarítmico y pudieran apagarse de una buena vez las bombas automáticas del Midazolam, el Propofol y el Fentanilo para darle lugar al “despertar”….

….el Despertar. Correr el velo farmacológico y ver la (posible) realidad que estuvo oculta durante 22 días: estaba Ella en coma detrás del coma farmacológico? Y las Secuelas. Respirar, tragar, ver, mover, hablar, entender, recordar. Ver cada una de esas acciones aparecer tímidamente una por una, o no. O no verlas aparecer para nada. Esa dualidad…Sí o No. Vida o Muerte. Capacidad o Discapacidad.

- Abre los párpados?
- Sí, los abre, pero los ojos están completamente en blanco, tirados hacia atrás, inmóviles, como si estuvieran mirando hacia la parte de la cabeza donde ocurrió todo.

- Sonríe?
- Sí, pero es una mueca inexpresiva, los extremos de los labios se mueven hacia arriba y nada más. No hay otra parte o músculo de la cara que se mueva.

- Entiende?
- Y sí, eso parece, hace esa mueca de sonrisa inmediatamente después de que le digo “hola mi amor”.

- Ve?
- No se sabe, no hasta que baje los ojos….si es que los baja!!

- Respira?
- No sabemos, por ahora hay que dejar que el respirador siga haciéndolo por ella.

- Habla?
- Imposible, todavía está intubada y además se viene la traqueostomía, así que no sabemos.

- Recuerda?
- Tal vez, no hay forma de confirmarlo sin el output de sus expresiones o voz.

Así entonces, ya a partir del día #23 comenzó a transcurrir el lentísimo camino del descubrimiento diario, del descubrimiento estresante de que por favor! aparezcan nuevos movimientos, nuevas señales, nuevos despertares a medida que las drogas se iban yendo del cuerpo. Cada señal había que confirmarla con los médicos, no vaya a ser que fuera sólo un reflejo autónomo y no una falta-de-secuela. Así que cada novedad positiva, por más que fuera algo tan simple como “los ojos bajaron unos milímetros y ya se ven aparecer las pupilas, que además se contraen ante la luz” se festejaba como si uno se hubiera ganado un Loto millonario…

Finalmente en el día #49 le dieron el alta. Se fue del sanatorio caminando, hablando, respirando, viendo, tragando, entendiendo, recordando. Su embriagante sonrisa seguía ahí, divina, irresistible. Se fue transformada en un milagro, como dicen todos, incluso los médicos.

…pero no para mí. Para mí el milagro comenzó el día en que la conocí.


18 de enero de 2017

Set of the Sun


Tengo un sindrome obsesivo compulsivo con los atardeceres. Esa luz que me envuelve como una frazada calentita, junto a la posibilidad de mirar al sol sin quedarme ciego, forman una dupla imbatible. El silencio que también caracteriza ese momento (uno no suele/puede ver atardeceres en ciudades ruidosas, en general) suma mucho, y los pensamientos que me asaltan en esos momentos completan el efecto adormecedor que generan.

Les saco una y mil fotos, creyendo que alguna de ellas va a ser "la" foto del mundo mundial". Terminan siendo todas casi iguales y de una calidad inferior a lo que ven mis ojos en real. No hay cámara que capte lo que busco. Y no sé qué más espero de un atardecer sino lo que ya me da.

Quiero atardeceres que no signifiquen un día menos de vida que transcurre. Quiero atardeceres atemporales, estáticos. Quiero.