20 de agosto de 2013

Der Geist, teil zwei

(viene de acá)

Volviendo sobre lo de la responsabilidad: el concepto ES justo. No hay alma salvo que uno quiera construírla. No hay un más allá ni un más acá; no hay cielo ni infierno, salvo que uno se lo busque. Está todo por crearse, todo por verse; no hay garantías ni acomodos posibles, es todo cuestión de uno y la voluntad (e inteligencia) que se aplique. Al Universo hay que ganárselo. A dios, sea lo que sea ese concepto, sólo se accede con voluntad.

La muerte tiene dos resultados posibles: un apagado final o un despertar a una nueva existencia. Esa nueva existencia no está garantizada ni comprada, sino que es pura y exclusivamente obra nuestra.

Las religiones nos lo vienen diciendo desde hace eones, sólo que de una manera anticuada y novelesca, innecesaria para estos tiempos de sabelotodismo. Hoy queremos pruebas, hechos, exactitudes matemáticas, no seres extravagantes y con superpoderes muy difìciles de comprobar. La vida diaria, en forma constante, nos muestra que lo supernatural es más probable que sea más wishful thinking que una verdad irrefutable.

Por eso, la idea de que el alma, el más allá y, eventualmente, una deidad, sean la consecuencia natural de un proceso bien hecho y llevado a cabo con responsabilidad e inteligencia, con empatía y hasta con amor, tiene sentido. Es el uso responsable de las energías y posibilidades que nos otorga la realidad, sin más que eso.

Al morir, alcanzando ese umbral de supraexistencia, uno adquiere "poderes", que no son más que la autorización a jugar y disponer de energías de libre acceso para cualquiera si así lo quisiese. Recién ahí uno se volvería "todopoderoso", con acceso a verdades y conocimientos imposibles de adquirir a través de los canales de entrada orgánicos a los que estamos acostumbrados.

Si nos damos cuenta, esta acepción del alma no deja inconsistencias lógicas ni da a lugar a explicaciones pseudocientíficas. Es todo una consecuencia natural de acciones. Si hacemos las cosas "bien", tendremos acceso a una existencia posterior al ciclo de vida orgánico terrestre. Si no las hacemos bien, pasados unos 70-80 años, nos desvaneceremos con el último suspiro de aire que tomemos. No hay nada de injusto o terrible en esto; al contrario, es tan pero tan justo que asegura que nadie tenga coronita; todos somos iguales y tenemos las mismas posibilidades de alcanzar ese estado. De esta manera se asegura también que el "cielo" no esté repleto de gente como el subte en hora pico. Suena elitista, discriminador, pero en sí no lo es.

La única duda o inconsistencia que se desprende de todo esto sería qué pasa o cuán justo es el sistema para los humanos que orgánicamente no tienen la "máquina" en buen estado, sea esto por desperfectos genéticos, accidentes, azar, enfermedades, etc.
Bueno, ahí entra a jugar el misterio alrededor del valor de ese umbral, de cómo se llega a él y de si fehacientemente se sabe cuándo éste es alcanzado o no. No podemos asegurar que personas con la máquina dañada no alcancen el umbral.
Tomemos por ejemplo una persona en coma. Teóricamente, esa persona no tiene actividad cerebral discernible y por ende no podría pensar, decidir, accionar o imaginar nada. Como eso no lo sabemos a ciencia cierta, se puede contemplar la posibilidad de que esa persona PUEDA hacer todo eso, tal vez a otro nivel distinto desde el que nosotros usamos esas habilidades, pero que eventualmente pueda. En ese caso y ante tal desafío como lo es estar en esa situación de coma, esa persona podría alcanzar el umbral con sólo tomar esa situación adversa como una oportunidad de aprendizaje y/o de hacer las paces con sus demonios internos, en el silencio y la quietud de su burbuja inconsciente. En ese caso, estaría sumando energía y si ya hubiera tenido su umbral con un valor alto antes de la situación de coma, alcanzarlo no sería algo imposible, a pesar de no contar con la "máquina en buen estado". Así, el sistema seguiría siendo "justo" a pesar de las adversidades.

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